Allí estaba ella, bailando con sus amigas en la discoteca. Seguía perfectamente el ritmo de la música con ligeros movimientos que la hacían parecer una bailarina profesional. Su pelo caía por su espalda y sus hombros delicadamente, y su ropa era la más llamativa para estos momentos. Todo estaba bien, excepto una cosa: su mirada. Estaba perdida, mirando hacia un costado, indiferente. Tampoco hablaba ni reía. Sólo seguía el compás de las canciones.
De repente, se dispuso a dar una vuelta, sola. Caminaba entre la multitud con ligereza y destreza. Varios hombres se le acercaban tratando de conquistarla, pero ella los rechazaba con desprecio, no los quería ni necesitaba. Llegó a una de las barras y se apoyó en el mostrador para que el barman la viera. Pidió un trago fuerte y el muchacho se lo preparó. Cuando se lo entregó, ella preguntó "Esto es lo mejor para estos momentos, ¿verdad?". "Sólo por un rato", respondió el chico. Ella le agradeció la amabilidad y se dirigió para donde estaban sus amigas.
A medida que iba tomando el trago y se movía entre la gente, pensaba. Pensó en la causa de su indiferencia y dejadez: él. Sólo podía pensar en él. Adorarlo, extrañarlo, desearlo. No había otra persona que pudiera hacerla sentir más viva que él. Jamás le había expresado su sentimiento, porque se sentía una idiota enamorada sin que hubiera pasado nada. Tenía miedo a que la rechazara, así que se había dispuesto a esperarlo. Seguidas veces, trató de estar con otros, pero no podía parar de pensar en él. Entonces, la eterna espera la cansó y decidió rendirse. Hizo rendir su fortaleza también: desesperada, se hundió en un profundo laberinto oscuro dentro de su mente, y se volvió desdichada, infeliz. Sin embargo, no quería llorar. Es más, no tenía la fuerza para hacerlo.
Ella siguió caminando entre la gente, que estaba divirtiéndose. En ese momento, deseó morir, de un sólo suspiro, indoloro. No quería vivir más, ni sentir. Hasta que agudizó la vista y lo vio. Él se encontraba entre esa multitud, con sus amigos. Pero, no estaba prestando atención a su alrededor: también era indiferente. Ella se asustó y se movió con más habilidad entre la gente para poder saludarlo. Al acercarse, él pudo verla y le sonrió felizmente.
Escrito por Joëlle Uranga.
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