sábado, junio 16

Discoteca.


Allí estaba ella, bailando con sus amigas en la discoteca. Seguía perfectamente el ritmo de la música con ligeros movimientos que la hacían parecer una bailarina profesional. Su pelo caía por su espalda y sus hombros delicadamente, y su ropa era la más llamativa para estos momentos. Todo estaba bien, excepto una cosa: su mirada. Estaba perdida, mirando hacia un costado, indiferente. Tampoco hablaba ni reía. Sólo seguía el compás de las canciones.

De repente, se dispuso a dar una vuelta, sola. Caminaba entre la multitud con ligereza y destreza. Varios hombres se le acercaban tratando de conquistarla, pero ella los rechazaba con desprecio, no los quería ni necesitaba. Llegó a una de las barras y se apoyó en el mostrador para que el barman la viera. Pidió un trago fuerte y el muchacho se lo preparó. Cuando se lo entregó, ella preguntó "Esto es lo mejor para estos momentos, ¿verdad?". "Sólo por un rato", respondió el chico. Ella le agradeció la amabilidad y se dirigió para donde estaban sus amigas.

A medida que iba tomando el trago y se movía entre la gente, pensaba. Pensó en la causa de su indiferencia y dejadez: él. Sólo podía pensar en él. Adorarlo, extrañarlo, desearlo. No había otra persona que pudiera hacerla sentir más viva que él. Jamás le había expresado su sentimiento, porque se sentía una idiota enamorada sin que hubiera pasado nada. Tenía miedo a que la rechazara, así que se había dispuesto a esperarlo. Seguidas veces, trató de estar con otros, pero no podía parar de pensar en él. Entonces, la eterna espera la cansó y decidió rendirse. Hizo rendir su fortaleza también: desesperada, se hundió en un profundo laberinto oscuro dentro de su mente, y se volvió desdichada, infeliz. Sin embargo, no quería llorar. Es más, no tenía la fuerza para hacerlo.

Ella siguió caminando entre la gente, que estaba divirtiéndose. En ese momento, deseó morir, de un sólo suspiro, indoloro. No quería vivir más, ni sentir. Hasta que agudizó la vista y lo vio. Él se encontraba entre esa multitud, con sus amigos. Pero, no estaba prestando atención a su alrededor: también era indiferente. Ella se asustó y se movió con más habilidad entre la gente para poder saludarlo. Al acercarse, él pudo verla y le sonrió felizmente.


Escrito por Joëlle Uranga.

sábado, junio 9

Descarga Eléctrica.

Pensar que sólo te aprendí a querer con la mirada profunda de mis ojos, transmitiendo un fino sentimiento a los tuyos, cegados por el entorno. Mi tímido corazón jamás pudo abrirse por miedo al rechazo, a la negación de tu ser y a tu alma. Es por eso que nunca imaginé que me quisieras.

Al transcurrir el tiempo, el pequeño sentimiento creció infinitamente hasta convertirse en cariño. Cariño a tus ojos, tus palabras, tus sonrisas, tu pelo, tus manos y tu respiración. Esa amabilidad indiferente conmigo me hacía feliz, a pesar de quererte tanto y de no poder mostrarte mis sentimientos. Nuestras charlas eran solamente idioteces, pero así simplemente de hacías sonreír. Observarte me hacía bien, y mantener una distancia amistosa también, ya que no podía perder tu presencia.

Sin embargo, esa noche todo estaba fuera de lo común. Tu mirada estaba conectada con la mía mientras seguíamos el compás de la música; tu mano sujetaba dulcemente mi cintura y la otra acariciaba suavemente mi ruborizada mejilla. Incómoda, con mi mano derecha tocaba el pelo de tu nuca, para no ser la única que no tomaba acción en el momento.

Me preguntaba demasiadas cosas. “¿Qué ganarías haciendo esto?”, “¿Sólo juegas conmigo?”, y sobre todo “¿Por qué? ¿Por qué esto a mí? ¿Por qué tú, aquí, conmigo?”. Las preguntas sin respuesta taladraban mi cabeza, y necesitaba saber qué había más allá de caricias, encantos y deseos. Esa fue una noche extraña, me coqueteabas sin razón y mis reflejos no captaban del todo la situación. Todo seguía bien, excepto la distancia entre tú y yo.

Lentamente, acercaste tu cara a la mía con disimulo. Jamás te había tenido a tan corta distancia. Así, pude sentir tu aroma que me envolvía, esa fragancia pura que me permitía conocer tu alma. Mis latidos se volvieron más veloces a medida que tu rostro se aproximaba al mío, y nuestra respiración se sincronizó en un débil soplo, que mostraba los sentimientos contenidos.

En ese momento, nuestros labios se rozaron en un suave toque. La adrenalina dormida en mi sangre despertó de inmediato mientras tus manos tomaban mi cara y tus labios luchaban tímidamente para abrirse paso entre los míos. Verdaderamente, el beso fue una descarga eléctrica. Pude sentir el choque de dos almas completamente distintas, complementándose una con la otra y haciendo desaparecer la línea invisible que dividía nuestros cuerpos. Los sentimientos contenidos se hicieron paso a través de mis caricias y logré leer los tuyos sin necesidad de que hablaras: me correspondías. Sólo ese beso permitió darme cuenta del tiempo perdido por la imbécil cobardía de no demostrar lo que sentíamos, que éramos hechos uno para el otro, que yo realmente te amaba y que jamás te dejaría escapar de mis brazos.


Escrito por Joëlle Uranga.

viernes, junio 8

Algo diferente.

A pesar de que todo lo que siente un adolescente ya sea conocido, para uno es un mundo nuevo. Primer amor, secundaria, los amigos, entre otras cosas que van pasando en esta época. "Es una etapa hermosa", dicen. Debe ser porque los que te lo dicen tienen más de treinta años y quieren volver el tiempo atrás.

La palabra "adolescente" viene de "adolecer", es un periodo de cambios físicos y mentales, pero lo biológico por hoy no me interesa. O sea, vivimos en duelo, descubriendo quiénes somos y lo que queremos de nuestra vida. Y sí, duele, este proceso no es fácil. Y menos mal que no lo es, porque sino sería aburrido. A todos nos gustaría tener un manual de instrucciones para saber qué hacer en cada situación que se nos aparece, pero creo que descubrirlas por uno mismo es el sentido de la vida. Por lo tanto, debe doler.

El dolor es malinterpretado. No sólo es físico, también puede ser psicológico. Los cambios que van surgiendo a nuestro alrededor nos transforman, ya sea para bien o para mal. Se parecen virtudes, defectos, cosas que nos gustan, otras que nos desagradan, miedos. Miedos, qué palabra. ¿A qué se le puede tener miedo en esta edad? Nos sentimos poderosos y capaces de todo, pero ¿y el miedo cuándo aparece? Lectores, personalmente, le tengo temor a vivir, al cambio.

Voy a serles sincera: no quiero crecer. No quiero terminar una etapa y empezar otra de manera tan apresurada. Siento que tengo que aprender más cosas antes de convertirme en "adulta", soy demasiado chica aún. No estoy segura que si lo que quiero es lo que realmente deseo. Aún no me entiendo a mí misma, no sé quién soy. Cuando pienso en que pronto estaré en una facultad llena de personas de mi edad o más grandes, me da terror. Tengo miedo en fracasar en lo que quiero, si es lo correcto o no para mí. No estoy segura de mí misma, ni de mis sentimientos ni mi personalidad. Es por eso que envidio (no de manera odiosa) a las personas que ya están seguras de sí. ¿Cómo hacen para saberlo?¿Cómo lo lograron?¿Es tan difícil encontrar quién eres en ti mismo?