miércoles, agosto 1

Hoy reconocí el sabor de esas lágrimas. Había tenido esa sensación pocas veces en mi vida. No era ni por dolor ni tristeza. Era, más bien, agridulce.
Creo que he conocido muchas personas que depositaron en mí (o mejor dicho, que yo dejé que provocaran en mí) miedos e inseguridades, que en el día de hoy me afectan.
Si bien de cada una de ellas pude aprender lecciones y mejorar, también dejaron sus marcas.
Es fácil reconocer el llanto de tristeza. Pero el del miedo es casi imperceptible. No duele el pecho, no sientes ese vacío, pues claro no se trata de ninguna decepción.
Son las ganas de huir y no poder las que te provocan llorar. Es la impotencia de no poder controlar los sentimientos, y el miedo a que desborden de tal manera que te pierdas en ellos.
No te duele el pecho, más bien sientes un nudo en la garganta. Se atoran las ganas de gritar y salir corriendo.
Luego de todas las experiencias amorosas "malas" (si se pueden llamar así), si sientes algo lindo aparece miedo. Liso y llano. Es la culpa, es pensar que no somos dignos de merecer lindos sentimientos, que no pueden pasarnos cosas buenas, y que todo va a terminar porque ya te pasó antes.
Tienes ganas de merecerlo, pero las experiencias pasadas te hacen creer que no es así, que tú no eres suficiente, y que nadie te puede querer de verdad.
Y te da miedo sentir, porque si arriesgas otra vez perderás. Quieres, pero algo te frena. Es el miedo a que te abandonen, que te lastimen, a querer y no ser correspondido.
Lo difícil no es querer, sino dejarse querer.  Dejar de creer que si una persona en tu vida aparece, no es igual a las demás, porque todos somos distintos. 
Entonces, te encierras, te aislas. No permites que esa persona entre en tu vida a desarmarlo todo, a romper tu estructura. Eres distante, tratas de encasillar emociones, intentas ser racional. Porque la frialdad y la tibieza permite autocontrol. Construyes una coraza que te mantiene aislada y te reprimes.
No respondes llamados, no muestras afecto, no envías mensajes, no hablas demás, no aceptas invitaciones.
Por miedo a parecer intensa, o a tener sentimientos, como si eso fuese malo. Por miedo a espantar y que salga corriendo.
Aunque tú no lo harías. Si te demostraran afecto, no saldrías corriendo. Te quedarías, porque ya lo decidiste. Pero no dejas que entren. Te mantienes en un estadio superior hasta estar completamente segura de sentir. Porque entiendes que sentir algo lindo por una persona es signo de debilidad.
Y tú no te consideras débil, el que no siente es fuerte, no deja que nada lo corrompa ni destruya. Tonterías.
El que no siente, pierde. El que no se deja querer, pierde.

jueves, febrero 15

Please, let me in

Me rendí. Perdón, no tuve la fuerza suficiente para aguantar el dolor y quedarme. 

Te juro que me encantas, sé que sos buen chico y el resto de elogios, pero no puedo seguir si no me dejas entrar. Para que me quede, tenés que apartar ese miedo que te domina. Tal vez no soy yo la indicada para cruzar esa puerta, y eso me entristece, porque amaría serlo. 

Pensé que iba a lograrlo, no sólo entrar sino tenerte la paciencia. Pero no logro ver tu interés hacia mí, no logro comprender y aceptar totalmente tu forma de tratarme. Y eso me entristece también. Me encantas, vales la pena, pero ¿dónde queda lo que yo quiero? ¿en un cajón? ¿Acaso yo no valgo nada para vos? Yo creo que agoté tu ilusión, que no te gusto lo suficiente. Pero tampoco lo intentas. Algo te atrajo a mí, recordalo, por favor. 

Me duele cuando no noto interés porque yo te doy espacio en mi vida, te incluyo, te dejo entrar despacio. Vos ni eso. Te encierras en tu mundo. Y sos impenetrable. Y necesitas amor, mucho, para curar esas heridas. Pero si no me dejas entrar, no podré sanar el dolor y hacerte fuerte y feliz como mereces. Mereces sonreír siempre. 

Y yo también. Por eso me voy. No puedo entrar donde no me dejan pasar sin permiso, es de mala educación. Espero que mi partida te haga entender esto, y reacciones. Quiero que me veas capaz de quitarte los miedos, y curarte las heridas con todo el amor y paciencia del mundo, porque sé que lo soy. 

Dejame entrar por favor. Vení a buscarme.

Escrito por Joëlle Uranga

jueves, enero 11

Secuencia

Y aquí me encuentro, otra vez, despertando en este cuerpo, que tanto ha sentido, que tanto ha vivido, una y otra vez, la misma historia... Me encuentro en el mismo torbellino de dudas, miedos, preguntas. Resulta insoportable. Pero sigo y no logro escapar. Es como si una fuerza incontrolable me atrapa y me vuelve a colocar en el mismo sitio, empezando desde cero la triste secuencia...

Cuando el cronómetro vuelve a cero, todo está bien. El firmamento es pleno y azul, sin nubes que tapen el radiante sol. La brisa es suave, y me acaricia el alma cuando entra en mi cuerpo. El césped tiene un olor exquisito, al igual que la tierra húmeda de la mañana, que siento bajo mis pies. Y sonrío, porque me siento eufórica, completa. Porque todo es luz, todo es hermoso; si la felicidad fuese un objeto, esto sería.

Permanece así, todo por un lapso muy corto. Y repentinamente, las nubes grises esconden el sol de mi vista, aunque muy disimuladamente. En esta secuencia, nunca logro notar cuando las nubes aparecen, me encuentran desprevenida. A veces, siento que es mi culpa, por disfrutar tanto de la claridad. Y aniquilo mi mente con miles de preguntas, y recriminándome... porque siempre siento que soy yo la que provocó que el bello paisaje se volviese gris.

Hasta que finalmente llega la tormenta. Me tortura el alma, la mente. La lluvia incansable golpea mi cuerpo con rudeza. Mis ojos se inundan, no puedo ver ni el horizonte, ni el pasto, ni la luz del sol. Entristezco, y me ciego, porque nada puede ser peor que esto. El hermoso paisaje desapareció, y seguro fue mi error, ¿dónde está? ¿Qué hice mal? Cierro mis ojos fuertemente para protegerme de la lluvia, pero ésta sigue pegándome, con miedos y dudas que taladran mi mente. Me encojo en mis piernas, me escondo, me protejo como una nena chiquita asustada por los rayos y truenos. Estoy sola, atrapada bajo la lluvia. Y la tormenta no se calma...

Lo único que deseo en ese momento es que se detenga el diluvio, que el miedo y las dudas desaparezcan. Con paciencia, creyendo que sólo es pasajero, espero y espero...

Y cuando pierdo toda esperanza, la tempestad se esfuma mágicamente. Tímidamente, el sol se muestra entre las nubes grises, sus rayos acarician suavemente mi rostro empapado. Miro estupefacta, porque todo volvió a ser bello, lleno de luz y calor. Y vuelvo a esbozar, aunque desconfiadamente, una sonrisa. Los miedos, las preguntas y las dudas se han ido. Todo es felicidad, otra vez.

Sin embargo, aquí es donde todo empezó, y vuelve a repetirse, una y otra vez, incansablemente. ¿Cuándo será el momento en que, finalmente, se detenga? ¿Qué debo hacer para que el cronómetro quede en cero? ¿Qué tengo que aprender o entender para que los miedos, las dudas y las preguntas desaparezcan?


Escrito por Joëlle Uranga.