domingo, julio 1

Felicidad.

Cuando me pongo a pensar en las cosas que logré estos años, me doy cuenta de la gran deuda que tengo con Dios (llámese como tú quieras: fuerza divina, Buda, Khrisna), y, también, a las personas que tengo a mi alrededor. Los que me dieron la vida, los que me han apoyado siempre, los que me dieron consejos, los que lloraron y rieron conmigo, los que me malcriaron; resumiendo: a todos aquellos que fueron la energía positiva de mi vida, mi motor.

Sin embargo, agradezco mucho más a esas personas que me han maltratado, que han sido un obstáculo en mi vida, que me han envidiado, que han sidos falsos y mentirosos, entre otros. A todos ellos les deseo lo mejor y les doy gracias. ¿Por qué? Porque me han ayudado a ser una mujer fuerte, sin nada que temer. Me ayudaron a creer en la esperanza y de que todo es posible. A pesar de las maldades y los feos momentos que pasé, aprendí a superarme a mi misma. Pude dejar a un lado todo eso que me hacía mal y seguir adelante. He podido controlar mis temores y mis angustias, aceptarlos y continuar firmemente.

Todo lo que pasé en mi corta vida, me sirvió para darme cuenta de la verdadera felicidad. No se trata de las cosas que uno quiere y puede obtener, ya sean material o no. Desde mi punto de vista, es sobre cumplir objetivos y superarse uno mismo, para luego poder ver los resultados y estar orgulloso de ellos. Y cuanto más difícil sea lograrlo, más sabrosa será la victoria...

Sé que esta reflexión es breve, pero quise hacerla precisa y clara.

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