Y aquí me encuentro, otra vez, despertando en este cuerpo, que tanto ha sentido, que tanto ha vivido, una y otra vez, la misma historia... Me encuentro en el mismo torbellino de dudas, miedos, preguntas. Resulta insoportable. Pero sigo y no logro escapar. Es como si una fuerza incontrolable me atrapa y me vuelve a colocar en el mismo sitio, empezando desde cero la triste secuencia...
Cuando el cronómetro vuelve a cero, todo está bien. El firmamento es pleno y azul, sin nubes que tapen el radiante sol. La brisa es suave, y me acaricia el alma cuando entra en mi cuerpo. El césped tiene un olor exquisito, al igual que la tierra húmeda de la mañana, que siento bajo mis pies. Y sonrío, porque me siento eufórica, completa. Porque todo es luz, todo es hermoso; si la felicidad fuese un objeto, esto sería.
Permanece así, todo por un lapso muy corto. Y repentinamente, las nubes grises esconden el sol de mi vista, aunque muy disimuladamente. En esta secuencia, nunca logro notar cuando las nubes aparecen, me encuentran desprevenida. A veces, siento que es mi culpa, por disfrutar tanto de la claridad. Y aniquilo mi mente con miles de preguntas, y recriminándome... porque siempre siento que soy yo la que provocó que el bello paisaje se volviese gris.
Hasta que finalmente llega la tormenta. Me tortura el alma, la mente. La lluvia incansable golpea mi cuerpo con rudeza. Mis ojos se inundan, no puedo ver ni el horizonte, ni el pasto, ni la luz del sol. Entristezco, y me ciego, porque nada puede ser peor que esto. El hermoso paisaje desapareció, y seguro fue mi error, ¿dónde está? ¿Qué hice mal? Cierro mis ojos fuertemente para protegerme de la lluvia, pero ésta sigue pegándome, con miedos y dudas que taladran mi mente. Me encojo en mis piernas, me escondo, me protejo como una nena chiquita asustada por los rayos y truenos. Estoy sola, atrapada bajo la lluvia. Y la tormenta no se calma...
Lo único que deseo en ese momento es que se detenga el diluvio, que el miedo y las dudas desaparezcan. Con paciencia, creyendo que sólo es pasajero, espero y espero...
Y cuando pierdo toda esperanza, la tempestad se esfuma mágicamente. Tímidamente, el sol se muestra entre las nubes grises, sus rayos acarician suavemente mi rostro empapado. Miro estupefacta, porque todo volvió a ser bello, lleno de luz y calor. Y vuelvo a esbozar, aunque desconfiadamente, una sonrisa. Los miedos, las preguntas y las dudas se han ido. Todo es felicidad, otra vez.
Sin embargo, aquí es donde todo empezó, y vuelve a repetirse, una y otra vez, incansablemente. ¿Cuándo será el momento en que, finalmente, se detenga? ¿Qué debo hacer para que el cronómetro quede en cero? ¿Qué tengo que aprender o entender para que los miedos, las dudas y las preguntas desaparezcan?
Escrito por Joëlle Uranga.