sábado, junio 9

Descarga Eléctrica.

Pensar que sólo te aprendí a querer con la mirada profunda de mis ojos, transmitiendo un fino sentimiento a los tuyos, cegados por el entorno. Mi tímido corazón jamás pudo abrirse por miedo al rechazo, a la negación de tu ser y a tu alma. Es por eso que nunca imaginé que me quisieras.

Al transcurrir el tiempo, el pequeño sentimiento creció infinitamente hasta convertirse en cariño. Cariño a tus ojos, tus palabras, tus sonrisas, tu pelo, tus manos y tu respiración. Esa amabilidad indiferente conmigo me hacía feliz, a pesar de quererte tanto y de no poder mostrarte mis sentimientos. Nuestras charlas eran solamente idioteces, pero así simplemente de hacías sonreír. Observarte me hacía bien, y mantener una distancia amistosa también, ya que no podía perder tu presencia.

Sin embargo, esa noche todo estaba fuera de lo común. Tu mirada estaba conectada con la mía mientras seguíamos el compás de la música; tu mano sujetaba dulcemente mi cintura y la otra acariciaba suavemente mi ruborizada mejilla. Incómoda, con mi mano derecha tocaba el pelo de tu nuca, para no ser la única que no tomaba acción en el momento.

Me preguntaba demasiadas cosas. “¿Qué ganarías haciendo esto?”, “¿Sólo juegas conmigo?”, y sobre todo “¿Por qué? ¿Por qué esto a mí? ¿Por qué tú, aquí, conmigo?”. Las preguntas sin respuesta taladraban mi cabeza, y necesitaba saber qué había más allá de caricias, encantos y deseos. Esa fue una noche extraña, me coqueteabas sin razón y mis reflejos no captaban del todo la situación. Todo seguía bien, excepto la distancia entre tú y yo.

Lentamente, acercaste tu cara a la mía con disimulo. Jamás te había tenido a tan corta distancia. Así, pude sentir tu aroma que me envolvía, esa fragancia pura que me permitía conocer tu alma. Mis latidos se volvieron más veloces a medida que tu rostro se aproximaba al mío, y nuestra respiración se sincronizó en un débil soplo, que mostraba los sentimientos contenidos.

En ese momento, nuestros labios se rozaron en un suave toque. La adrenalina dormida en mi sangre despertó de inmediato mientras tus manos tomaban mi cara y tus labios luchaban tímidamente para abrirse paso entre los míos. Verdaderamente, el beso fue una descarga eléctrica. Pude sentir el choque de dos almas completamente distintas, complementándose una con la otra y haciendo desaparecer la línea invisible que dividía nuestros cuerpos. Los sentimientos contenidos se hicieron paso a través de mis caricias y logré leer los tuyos sin necesidad de que hablaras: me correspondías. Sólo ese beso permitió darme cuenta del tiempo perdido por la imbécil cobardía de no demostrar lo que sentíamos, que éramos hechos uno para el otro, que yo realmente te amaba y que jamás te dejaría escapar de mis brazos.


Escrito por Joëlle Uranga.

No hay comentarios:

Publicar un comentario