domingo, marzo 1

El Principito y la Rosa

¿Recuerdan que en el colegio nos hacían leer El Principito? Con diez años era prácticamente imposible entenderle a Antoine de Saint-Exupéry las metáforas que describía, para comprender la vida.
Sin embargo, siempre sentí conexión especial por ese hermoso cuento. Y al pasar los años fui releyéndolo para entender estás metáforas. E incluso a veces siento que soy alguno de los personajes.
Acabo de comprender el papel de la Rosa, ¿recuerdan? Ella siempre me pareció tan demandante y orgullosa, poco comprensiva, egoísta, y quería sólo la atención del Principito para ella. A mis ojos la mala de la película.
Pero a su vez, el Principito era joven para entender el sinnúmero de necesidades de la Rosa y quedarse con ella. Por eso, ese ahogamiento lo llevó a irse en una manada de pájaros.
Al final, el Principito entiende que su Rosa es única en el mundo, por más que haya miles de ejemplares de ella. Y el Zorro le ayuda a entender que el tiempo que ha pasado con su Rosa era lo que la hacía suya y especial en el mundo. Al igual que el zorro dejándose domesticar por el Principito.
Hay miles de personas en el mundo, y a veces elegimos pasar tiempo con algunas de ellas, y eso las hace especiales. Y les tenemos amor ...
El tema es ese, el amor no es sólo el hecho de amar, es más que eso. Hay que cuidar a la otra persona, atender a sus necesidades, pero teniendo en cuenta las nuestras, y no dejar que las nuestras avasallen a las del otro. Y ambas necesidades son igual de importantes. Es un equilibrio perfecto. 
El problema surge cuando una de esas personas no comprende ese equilibrio, y sin intención falla a la otra persona.
La Rosa, tan joven, egoísta y egocéntrica, no supo atender a las necesidades del Principito. Sólo cabían en su cabeza las suyas, de tal manera que el Principito se vió acorralado y escapó. La Rosa sólo entendió esto cuando el Principito huía con la banda de pájaros a vagar por otros mundos. Y ya era tarde para demostrarle que siempre lo había amado, no supo hacerlo a tiempo.
Al final la Rosa no era mala, solamente pecó de joven. A veces, somos la Rosa. Egoístas, malcriados, demandantes, enfocados en la crítica y lo negativo: dame agua, dame sol, quítame la maleza, sé delicado conmigo, hazme un cubículo para la noche porque tengo frío, ¿Ves? ¡No te fijas en mis necesidades!.
Por ende, es entendible que el Principito reaccionara así. No supo manejar ese agotamiento y huyó de su planeta -incluso sintiéndose dolido, imagino-, dejando sola a la Rosa por un tiempo. Tampoco estuvo mal el Principito, ya que -al igual que la Rosa- también era nuevo en esto de amar, y no supo cómo enfrentar una situación que lo sobrecargó.
Y sí a veces los humanos tenemos poca paciencia, y una persona puede agotarnos con estas actitudes. Todos tenemos un límite. Todos somos el Principito a veces.
Más tarde, lejos de su planeta, el Principito vió miles de ejemplares idénticos a su Rosa. Ofuscado, pensó que la Rosa le había mentido de que era única en el universo, si en realidad era igual a todas las rosas comunes y corrientes.
Pero el Zorro (hermoso personaje), amablemente le explicó que sí era especial y única su Rosa, porque el Principito había pasado tiempo con ella y brindado amor, que en realidad era el haberse tomado el riesgo de conocerla lo que la hacía especial, y que a pesar de existir miles, su Rosa era única. Y que ella también sentía lo mismo por él.
Así, el Principito recordó lo importante que era su Rosa para él, incluso seguía amándola, y quiso regresar a su planeta de inmediato.
Pero, ¿si era tarde ya, luego de todas los actos cometidos y la distancia? ¿Y si la Rosa lo había olvidado? O peor, ¿había desaparecido del planeta? ¿Iba arriesgarse a eso?
A veces la distancia nos hace comprender cosas que a simple vista, en la cotidianidad, no podemos ver. Sirve hacer introspección cada tanto, de nuestras acciones y las consecuencias. 
Y tomarnos un tiempo y ver todo desde otro punto de vista, desde el corazón. "Lo esencial es invisible a los ojos. Sólo con el corazón se puede ver bien". Y es verdad. 
Hay que valorar con el corazón la vida que tenemos. Y adorar cada instante. No quedarnos con lo malo.
Ver con el corazón es tan profundo que nos hace entender que las superficialidades y los problemas cotidianos (que a veces le damos tanta importancia) nada de bueno tienen.
Ver con el corazón nos ayuda a comprender que en realidad lo esencial es que la vida es tan simple y llena de regalos todos los días, y perdemos el tiempo que tenemos gastándola en quejas sin sentido, en vez de ocuparse de la raíz.
Ahora bien, la distancia es buena en buena medida. Y a su vez, puede lograr dos cosas en las relaciones: romper el vínculo definitivamente, o hacerlo más fuerte que antes, e incluso más profundo.
Es un riesgo que tomamos el distanciarse de alguien, pero también es todo un riesgo enfrentarlo y querer reparar el vínculo. Esto significa, en este punto, ser responsable de nuestros actos y sus consecuencias.
Pobre Principito, y pobre Rosa. Espero que hayan estado de vuelta juntos, luego de madurar, pensar y aprender...
Siempre al final del cuento imagino que sí.

viernes, febrero 15

Mente descabellada

Cuando iba en último año de colegio (año 2012), tenía "Arte" como materia. Una vez, para una consigna que no recuerdo, nos hicieron hacer un dibujo. Podía ser personal o no. Así que decidí hacer un dibujo que me identificara. Tan así que terminé describiéndome. 




Detrás del dibujo, para que la profesora entendiera qué quise expresar, escribí lo siguiente:
"Con esta imagen intenté mostrar mi propia mente, aunque también puede interpretarse como la mente de la mujer.
La mujer acostada representa su contacto con el mundo, del cual reflexiona, opina, reacciona y juzga.
De su cabeza salen sus ideas, pensamientos y sentimientos, que serían los círculos retorcidos, por sus idas y vueltas.
Pero mira a un lado porque se siente incomprendida por el mundo. 
El cabello se extiende hacia el cielo porque quiere ser libre, libre de pensamiento y expresión."

miércoles, agosto 1

Hoy reconocí el sabor de esas lágrimas. Había tenido esa sensación pocas veces en mi vida. No era ni por dolor ni tristeza. Era, más bien, agridulce.
Creo que he conocido muchas personas que depositaron en mí (o mejor dicho, que yo dejé que provocaran en mí) miedos e inseguridades, que en el día de hoy me afectan.
Si bien de cada una de ellas pude aprender lecciones y mejorar, también dejaron sus marcas.
Es fácil reconocer el llanto de tristeza. Pero el del miedo es casi imperceptible. No duele el pecho, no sientes ese vacío, pues claro no se trata de ninguna decepción.
Son las ganas de huir y no poder las que te provocan llorar. Es la impotencia de no poder controlar los sentimientos, y el miedo a que desborden de tal manera que te pierdas en ellos.
No te duele el pecho, más bien sientes un nudo en la garganta. Se atoran las ganas de gritar y salir corriendo.
Luego de todas las experiencias amorosas "malas" (si se pueden llamar así), si sientes algo lindo aparece miedo. Liso y llano. Es la culpa, es pensar que no somos dignos de merecer lindos sentimientos, que no pueden pasarnos cosas buenas, y que todo va a terminar porque ya te pasó antes.
Tienes ganas de merecerlo, pero las experiencias pasadas te hacen creer que no es así, que tú no eres suficiente, y que nadie te puede querer de verdad.
Y te da miedo sentir, porque si arriesgas otra vez perderás. Quieres, pero algo te frena. Es el miedo a que te abandonen, que te lastimen, a querer y no ser correspondido.
Lo difícil no es querer, sino dejarse querer.  Dejar de creer que si una persona en tu vida aparece, no es igual a las demás, porque todos somos distintos. 
Entonces, te encierras, te aislas. No permites que esa persona entre en tu vida a desarmarlo todo, a romper tu estructura. Eres distante, tratas de encasillar emociones, intentas ser racional. Porque la frialdad y la tibieza permite autocontrol. Construyes una coraza que te mantiene aislada y te reprimes.
No respondes llamados, no muestras afecto, no envías mensajes, no hablas demás, no aceptas invitaciones.
Por miedo a parecer intensa, o a tener sentimientos, como si eso fuese malo. Por miedo a espantar y que salga corriendo.
Aunque tú no lo harías. Si te demostraran afecto, no saldrías corriendo. Te quedarías, porque ya lo decidiste. Pero no dejas que entren. Te mantienes en un estadio superior hasta estar completamente segura de sentir. Porque entiendes que sentir algo lindo por una persona es signo de debilidad.
Y tú no te consideras débil, el que no siente es fuerte, no deja que nada lo corrompa ni destruya. Tonterías.
El que no siente, pierde. El que no se deja querer, pierde.

jueves, febrero 15

Please, let me in

Me rendí. Perdón, no tuve la fuerza suficiente para aguantar el dolor y quedarme. 

Te juro que me encantas, sé que sos buen chico y el resto de elogios, pero no puedo seguir si no me dejas entrar. Para que me quede, tenés que apartar ese miedo que te domina. Tal vez no soy yo la indicada para cruzar esa puerta, y eso me entristece, porque amaría serlo. 

Pensé que iba a lograrlo, no sólo entrar sino tenerte la paciencia. Pero no logro ver tu interés hacia mí, no logro comprender y aceptar totalmente tu forma de tratarme. Y eso me entristece también. Me encantas, vales la pena, pero ¿dónde queda lo que yo quiero? ¿en un cajón? ¿Acaso yo no valgo nada para vos? Yo creo que agoté tu ilusión, que no te gusto lo suficiente. Pero tampoco lo intentas. Algo te atrajo a mí, recordalo, por favor. 

Me duele cuando no noto interés porque yo te doy espacio en mi vida, te incluyo, te dejo entrar despacio. Vos ni eso. Te encierras en tu mundo. Y sos impenetrable. Y necesitas amor, mucho, para curar esas heridas. Pero si no me dejas entrar, no podré sanar el dolor y hacerte fuerte y feliz como mereces. Mereces sonreír siempre. 

Y yo también. Por eso me voy. No puedo entrar donde no me dejan pasar sin permiso, es de mala educación. Espero que mi partida te haga entender esto, y reacciones. Quiero que me veas capaz de quitarte los miedos, y curarte las heridas con todo el amor y paciencia del mundo, porque sé que lo soy. 

Dejame entrar por favor. Vení a buscarme.

Escrito por Joëlle Uranga

jueves, enero 11

Secuencia

Y aquí me encuentro, otra vez, despertando en este cuerpo, que tanto ha sentido, que tanto ha vivido, una y otra vez, la misma historia... Me encuentro en el mismo torbellino de dudas, miedos, preguntas. Resulta insoportable. Pero sigo y no logro escapar. Es como si una fuerza incontrolable me atrapa y me vuelve a colocar en el mismo sitio, empezando desde cero la triste secuencia...

Cuando el cronómetro vuelve a cero, todo está bien. El firmamento es pleno y azul, sin nubes que tapen el radiante sol. La brisa es suave, y me acaricia el alma cuando entra en mi cuerpo. El césped tiene un olor exquisito, al igual que la tierra húmeda de la mañana, que siento bajo mis pies. Y sonrío, porque me siento eufórica, completa. Porque todo es luz, todo es hermoso; si la felicidad fuese un objeto, esto sería.

Permanece así, todo por un lapso muy corto. Y repentinamente, las nubes grises esconden el sol de mi vista, aunque muy disimuladamente. En esta secuencia, nunca logro notar cuando las nubes aparecen, me encuentran desprevenida. A veces, siento que es mi culpa, por disfrutar tanto de la claridad. Y aniquilo mi mente con miles de preguntas, y recriminándome... porque siempre siento que soy yo la que provocó que el bello paisaje se volviese gris.

Hasta que finalmente llega la tormenta. Me tortura el alma, la mente. La lluvia incansable golpea mi cuerpo con rudeza. Mis ojos se inundan, no puedo ver ni el horizonte, ni el pasto, ni la luz del sol. Entristezco, y me ciego, porque nada puede ser peor que esto. El hermoso paisaje desapareció, y seguro fue mi error, ¿dónde está? ¿Qué hice mal? Cierro mis ojos fuertemente para protegerme de la lluvia, pero ésta sigue pegándome, con miedos y dudas que taladran mi mente. Me encojo en mis piernas, me escondo, me protejo como una nena chiquita asustada por los rayos y truenos. Estoy sola, atrapada bajo la lluvia. Y la tormenta no se calma...

Lo único que deseo en ese momento es que se detenga el diluvio, que el miedo y las dudas desaparezcan. Con paciencia, creyendo que sólo es pasajero, espero y espero...

Y cuando pierdo toda esperanza, la tempestad se esfuma mágicamente. Tímidamente, el sol se muestra entre las nubes grises, sus rayos acarician suavemente mi rostro empapado. Miro estupefacta, porque todo volvió a ser bello, lleno de luz y calor. Y vuelvo a esbozar, aunque desconfiadamente, una sonrisa. Los miedos, las preguntas y las dudas se han ido. Todo es felicidad, otra vez.

Sin embargo, aquí es donde todo empezó, y vuelve a repetirse, una y otra vez, incansablemente. ¿Cuándo será el momento en que, finalmente, se detenga? ¿Qué debo hacer para que el cronómetro quede en cero? ¿Qué tengo que aprender o entender para que los miedos, las dudas y las preguntas desaparezcan?


Escrito por Joëlle Uranga.

sábado, marzo 11

Dejarse querer

¡BASTA! Sí, así en mayúsculas. Tuve suficiente, de vos, de mí, de nosotros. 

Basta de esa cordialidad falsa, y fingir que no nos deseamos, cuando en realidad nos morimos de ganas por comernos a besos.

Basta de esos idas y venidas, las vueltas y el histeriqueo; seamos directos, hagamos lo que sentimos sin importar lo que uno piense del otro. 

Basta de ignorarnos, de no decir lo que pensamos, de no demostrar que sentimos más de lo que mostramos. 

Basta de quedarnos solos todas las noches, cuando en realidad morimos por dormir juntos. 

Basta de reprimir emociones, de evitar caer profundamente en el amor, porque sabemos que si llegase a pasar podría ser magia. 

Basta de no mirarnos a los ojos, de tener vergüenza, de no ser nosotros mismos por ese estúpido miedo de ser 'el idiota que siente'. 

Basta de no tomarnos de la mano, de no besarse en público, de no abrazarnos, de no mimarnos, ¡de no tocarnos! 

Basta de todo, basta de esto. 

Apartemos el miedo y dejémonos querer, porque vos y yo lo merecemos.

Escrito por Joëlle Uranga

viernes, enero 27

Sincericidio

Me pides que me abra, que no sea reticente. Bien, seré sincera y directa: me encantas. Me resulta complicado expresar lo que siento, no porque no quiera, sino porque lamentablemente soy así. Yo creo que mi subconsciente me lo impide. Me encantaría decirte todo lo que tengo en mi mente. Escribiendo me expreso mejor...

Estoy asustada, no voy a mentirte. Si bien mis experiencias en el pasado me han marcado y me han hecho más fuerte, también me han convertido en una persona muy desconfiada. Esto explica mi actitud "a la defensiva", no quiero salir lastimada, mi corazón no lo resistiría. Por lo tanto, soy cautelosa, más fría, trato de ser racional. Pero juro que en realidad, por dentro, si llegas a conocerme y ganarte mi confianza, soy lo que en realidad buscas. También es una mezcla con orgullo, lamentablemente tengo la estúpida idea de que mostrar los sentimientos es signo de debilidad emocional. Creeme, siento mucho más de lo que pensas, sólo que no lo muestro. Y quiero liberarme de ese miedo.

Te pido paciencia. Prometo que esta situación, o estado, como quieras llamarlo, es temporal. No puedo darte todo lo que tengo en un día, sólo necesito un poco de tiempo y que me demuestres que puedo confiar en ti. No es un desafío o prueba, pero, después de tantas cosas que me pasaron, necesito hechos y no palabras para confiar. Las palabras se las lleva el viento, por ahora. Sé que es complicado... Por favor, no te rindas tan rápido, prometo que te daré todo a su debido tiempo. Así funciona mi corazón...

Cuando finalmente logres ganar mi confianza, no te vas a arrepentir. No quiero alardear ni ser creída, pero creo que soy lo que buscas. Mi forma de querer a alguien es indescriptible, poca gente la entiende. Es incondicional, profunda, leal; me ciego completamente, daría todo por esa persona. Nadie se arriesgó lo suficiente conmigo para aguantar esa forma de querer. Por eso mi miedo, tan así es mi forma de amar, que ante la decepción o desilusión me derrumbo, caigo en mil pedazos. Y no quiero que me pase otra vez. Así que si te ganas mi confianza, por favor no me falles.

Ahora, ¿quieres saber qué siento? Bien, como dije, me encantas. Me pongo nerviosa cuando te veo, y actúo como idiota. No es incomodidad, son "lindos" nervios. Me mueves el piso, para ser concreta. Eres diferente, lo sé, y eso me encanta de ti. Sé que vales la pena, y voy a arriesgar mi corazón. Me la voy a jugar. Ya no me importa que me digan lo contrario, quien sea, yo quiero y elijo estar contigo. Me gustas lo suficiente para jugármerla. Creo que puedo hacerte tan bien como tú a mí, creo que puedo hacerte feliz. No, mejor dicho, yo te voy a hacer feliz.

En fin, como verás, ya no puedo seguir siendo racional y fría. Los sentimientos me desbordan, ya no puedo reprimirme más, y tampoco quiero. ¿Sentís lo mismo? ¿Me estás siendo sincero? ¿Estás exagerando? Por favor, no me mientas. Necesito que lo seas, que me digas qué esperas de mí. Demuéstramelo, lamentablemente es la única forma en la que puedo creerte. No por ti, sino por mí.

Claramente, esto es un fragmento de lo que siento. Es un merengue mental. El tiempo pasa rápido, las oportunidades se van, y no puedo detenerme a pensar en nada. Si pienso, huyo de ti. Si no pienso, me dejo llevar. Y si me besas, no puedo pensar, me obnubilas...

¿Qué me estás haciendo?